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24 abr 2016

El fuego de la luna

-El fuego de la Luna-


¿Qué debe pensar un dragón cuando los copos de nieve rozan sus escamas y él no es capaz de sentir nada? Alcanzó su destino, antes de que la última lágrima de la lluvia tocara el suelo.  Todo estaba mojado, pero se podía apreciar cómo había cambiado lo que un día él, llamó hogar. No encontró a nadie, no escuchó ningún rugir, ni tampoco vio una llama prenderse. Todo estaba en silencio, todo estaba vacío.  ¿Es capaz un dragón de pasar frio?
Son muchos los que dicen que huir es de cobardes, que no hacer frente al problema hará que te arrepientas toda una vida y créeme, una vida de dragón son mil vidas humanas aproximadamente… Se lo que digo, porque he perdido la cuenta de las veces que he recorrido el mundo, pues siempre, he tenido que acabar huyendo de los amaneceres. Es raro cuando se está enamorado de la Luna y esta solo tiene ojos para los lobos y tú, no eres más que un mísero dragón. Quien sabe cómo podría haber acabado todo si el fuego hubiera cocinado sus cuerpos… Quizás la Luna se hubiera fijado en mí, quizás me odiara o simplemente me hubiera amado por haberle quitado del medio a todos esos pervertidos.
La Luna se mengua y yo siento que me sonríe, como antaño, como el día en que me dijo si jugábamos al “pilla-pilla”. No pensé, alcé mis alas y empecé a seguirla como si la vida me fuera en ello.
Hace tiempo que ya no siento nada, la nieve recorre mis escamas y solo puedo pensar en los dragones que un día vivieron aquí y que ya no quedan… La Luna me salvó de la muerte pero también me quitó la vida, al prometerme, que si la alcanzaba sería el único y que sería mía una vida más… Ella no mintió y yo no pensé en las consecuencias.
FIN
Blanca Martínez Leal
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El Bunker Z
Los lunes de 17:00 a 19:00 en ECOLeganés y siempre en el podcast. Cosas que molan en La Trastienda Z

31 mar 2015

El Bunker 3x23: Secuelas innecesarias + El Samuraí de Vallecas (relato)


Regresamos en esta semana de calor con un programa que es continuación directa del programa de la semana pasada. Una secuela.

Si el lunes hablábamos de secuelas que molaban y, que incluso, superaban las películas originales, hoy tenemos el caso contrario. Secuelas malas, secuelas innecesarias que dañan de muerte buenas sagas o películas individuales

5 feb 2015

Hiztoriaz de la Hiztoria: Dossier #1

Ha llegado a nuestras manos una información que nadie más conoce. Normal si tenemos en cuenta que nuestros conciudadanos avanzan empujados por un hambre voraz y no tienen tiempo de leer documentos secretos por muy jugosos que estos sean. Más jugosa es la carne del mensajero, piensan mientras se alimentan de sus entrañas. Pero no nos desviemos: los documentos secretos que hemos recibido han llegado a nosotros gracias a la labor de un valiente soldado que pereció antes de finalizar la misión sagrada que se había impuesto. Abandonó su lugar en la milicia tras descubrir una verdad oscura y temible. Poco antes de caer presa de los No Muertos, buscó a alguien que continuara su legado y no dejara que esa verdad quedase olvidada. Y nosotros como medio de comunicación libre somos los más indicados para ello.

Comenzamos aquí una serie de artículos basados en información completamente verídica con datos nunca antes conocidos sobre el paso por la Historia de diferentes personajes de gran relevancia.


Iniciamos hoy la serie...

HIZTORIAZ DE LA HIZTORIA #1

3 feb 2015

El Bunker 3x15: La maldición de las Brujas + Relato La Rosa Azul + El Fin del Mañana


En una oscura gruta tres horribles (por feas) brujas se reunían alrededor de un caldero. Mientras una agitaba el hediondo y viscoso contenido con un largo palo rematado en hueso, quizás alguna pobre víctima, las otras comentaban su última cacería.
- Y gritaba como un cerdito.- se río una de ellas con crueldad, como solo las más despiadadas brujas saben hacer.
Otra de las terribles mujeres se rió también, con una risa que parecían gorgoritos.
- Sí. En mis mil años de vida no he visto nada tan ridículo. Y que eso sea lo que llaman caballero en estos días...
La tercera bruja, la que removía el caldero no hablaba, solo movía los labios cada poco, como leyendo un libro invisible. El contenido del caldero crepitaba y adquiría un color morado.
- Podíamos volver a salir... - dijo una de ellas, de pronto. Las otras dos se miraron, luego se volvieron hacia ella y, de nuevo, cruzaron las miradas. Era la más joven e imprudente, solo llevaba cinco siglos en la Tierra.
 - Sabes que no es posible -le contestó la primera, con toda la paciencia que supo-: Se acerca el peor día del año y estamos debilitadas, seria una imprudencia. Debemos esperar.

2 feb 2015

Concurso de Microrelatos de El Bunker Z

Actualización: El plazo de recepción acaba el día 26 de febrero. La fecha del fallo continua el día 2 marzo.

Tenemos un anuncio magnífico que hacer y es que organizamos nuestro primer concurso de microrelatos.
La temática es sencilla: tenéis que contar una historia sita en El Bunker, es decir, contar una de nuestras aventuras. La longitud no superará las 500 palabras y podrá ser sobre cualquier género (fantasía, terror, ciencia ficción...)

Se seleccionará ganador y dos finalistas cuyos relatos serán leídos en directo y aparecerán en un podcast aparte. Los demás relatos serán publicados -con permiso de los premiados- en el blog. Huelga decir que los derechos pertenecerán únicamente a sus autores en todos los casos.

El jurado estará formado por nosotros, Sara y Ángel y elegiremos los relatos que más nos gusten, centrándonos en la originalidad, el estilo...

Para participar tenéis que mandar vuestro relato a el correo concursosbz@gmail.com adjunto y, en un documento, aparte el nombre del autor junto al título del relato.

El concurso es internacional y tenéis de plazo hasta el 2 de marzo. Anunciaremos el ganador y los finalistas durante el programa de ese día.



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El Bunker
Los lunes de 17.30 a 19.00 en Radio Ritmo Getafe y siempre en el podcast. Cosas que molan en La Trastienda Z

21 ene 2015

El Bunker 3x13: El Western + El Resurgir (La Novena Viñeta) + Relato Contradicciones


El Sol abrasa sobre la arena del desierto. Un extraño llega al pueblo a lomos de su caballo, despacio, sin prisa por llegar, como si estar allí fuera lo último que quisiera. Le sorprende no ver a nadie, no oír ningún ruido. "¡Maldición!, he llegado tarde" es lo único que piensa antes poner a su fiel amigo al galope.
Cuando llega al centro del pueblo ve lo que se temía. Un carro volcado, algunos muertos y el saloon en llamas. Sin decir ni una sola palabra da la vuelta y espolea a su caballo para seguir su camino y su misión. Busca venganza y no parará hasta encontrarla. 

Esta semana el tema es el western, ese género olvidado pero que tuvo una época esplendor durante los años 50. Uno de los llamados géneros canónicos, muy característico y con una simbología y mitología muy marcadas pero que, a pesar de ello, dio lugar a historias y conceptos muy diferentes.

23 dic 2014

El Bunker 3x11: ¡Feliz Navidad y Feliz Año Nuevo!



¡Feliz Navidad!

El día 22 tuvimos la Fiesta de Navidad de El Bunker Z, ya una tradición y por segunda vez nos tomamos las uvas rodeadas de amigos.
Una tarde con comida, algo de bebida y muy buena charla que casi 20 personas quisieron compartir con nosotros esta Fiesta de Navidad. Y con un programa muy festivo donde nos hacen recomendaciones y también hablamos de las decepciones de 2014.

2 dic 2014

El Bunker 3x09: Volvemos con las reseñas + Audiorelato Ignora su voz


Y aquí está lo mejor de los lunes.

Volvemos solitos con un programa de recomendaciones. Dos películas, una novela y varios videojuegos para que no os perdáis algunos de los mejores ejemplos culturales. Comentamos la última parte de la éxitosa saga Rec, Rec 4: Apocalipsis, que vuelve a protagonizar Manuela Velasco y que cierra los flecos dejados en la segunda y tercera películas. Además, debatimos sobre Los Juegos del Hambre Sinsajo Parte 1, tercera parte de la saga literaria. Ambas nos han gustado, pero tienen 'peros'.

16 nov 2014

Firma Invitada: 'Espadas cruzadas'


Llueve en la Corte. Gotas de lluvia fina caen sobre los tejados de pizarra inclinados hacia ambos lados de la manzana. El agua golpea y fluye entre las rendijas que deja la cerámica para caer de nuevo a la calle. En las aceras se acumula el “¡agua va!” de la noche anterior. La mezcla de sendos líquidos forma una masa viscosa y maloliente que corre hacia las acequias, manchando las botas de todo el que pasea. Los coches de caballos galopan sin cuidado del caminante. Dejan tras ellos una estela de excrementos de caballo tan grandes que, pienso, deberé saltar para no enterrarme hasta la rodilla. Además, la precipitación las ablanda y esparce por toda la calzada. La estampa es lúgubre y, por qué no decirlo, asquerosa. El hedor me repugna y tápome con la capa para evitar el vómito. Quédome embozado con la capa y el sombrero. Tanto me cubro, que un guardia me para y háceme descubrir.

Guardia - ¿Quién se esconde tras la capa y el sombrero?

Levántome el ala. Suelto con estrépito la capa. Veo, cortándome el paso una espada. Un caballo está quieto a mi derecha. Un soldado encuentrase frente a mi. Su expresión es seria y grave. Quédome paralizado durante unos segundos. Mi mente olvida los excrementos y las aguas fecales. Mi cabeza ignora la lluvia y como buen español me compongo, y lánzole una sonrisa.

6 jul 2013

'Shof, shof, ñam, ñam' - Fernando Polanco Muñoz



- "SHOF, SHOF; ÑAM, ÑAM" -

Fernando Polanco(Ganador Premio El Bunker Z de Relato Corto)


1.

Trevor es un tipo romántico. Dice que en su vida sólo ha habido tres mujeres con mayúsculas. Las tres le han extirpado el corazón a bocados. Pero Trevor aún conserva un pedazo, y eso lo convierte en un iluso. En su interior piensa que aún no ha conocido a la mujer de su vida. Por eso se va solo a la biblioteca. Por eso va solo a las cafeterías.


7 abr 2013

Relato: Paciente Cero (III de III)


Paciente Cero
Parte III

 Nada más traspasar la puerta me encontré con un foso alrededor del cual había una valla de protección. Despacio me acerqué a la valla para poder ver lo que había abajo. Respiré aliviado cuando vi que el agujero estaba vacío. Aunque también vi una puerta de la que, suponía, saldría lo que quiera que hubiera dentro.
–¡Le presento «El Anfiteatro»! –dijo con teatralidad–. Ahora mismo empieza el espectáculo.
Hizo un gesto y varias personas, que estaban ahí y en las que no me había fijado antes, se dirigieron hacia unas palancas.
La puerta chirrió mientras se levantaba, augurando terribles sucesos.
Cuando estuvo totalmente izada, pude oír un sonido que me heló el corazón y que aun hoy lo hace cada vez que lo recuerdo. Un gruñido que fue in crescendo y un golpear de cadenas. Había algo vivo allí.
Tras otro gesto del oficial, los operarios lanzaron una cabra viva al foso. Al caer se rompió una pata y empezó a balar muy fuerte. Un gruñido más fuerte fue la respuesta. La cabra baló asustada y de nuevo un gruñido desde el interior. Cuanto más alto balaba la cabra, más se oían los gruñidos de la cosa.
De pronto una figura humana se abalanzó sobre la cabra clavándole los dientes y las garras. El animal murió al instante y la figura siguió alimentándose de ella.
Cuando se cansó, se dio la vuelta y, puedo jurar, que me miró a los ojos. Y lo que vi no era humano. En algún momento perteneció a nuestra especie. Pero ya no. Compartía los rasgos básicos, como andar erguido y su cuerpo era el de un hombre adulto. Pero nada más.
Sus ojos completamente negros no tenían vida. Sus dientes eran colmillos; sus manos, garras afiladas como cuchillos y se movía como una fiera salvaje, dispuesto a atacar.
–¿Qu... qu…qué… es eso? –logré articular tras pelearme con mi lengua.
–Le presento el futuro –sonrío el oficial: se le veía alegre y triunfal–. El arma definitiva contra los enemigos del mundo libre. Mitad hombre, mitad animal. Este especimen es un asesino imparable.
Sacó la pistola y, antes de que pudiera imaginar lo que iba a hacer, descerrajó varios tiros contra el ser que no se inmutó ni a pesar de que saliera sangre (coagulada, me pareció) de los agujeros de su pecho y su hombro. En ese momento pude fijarme en su piel, pues iba desnudo de cintura para arriba. Era grisácea y estaba llena de cicatrices. Imaginé las torturas y experimentos a los que había sido sometido y tuve un escalofrío. También, no me avergüenzo de decirlo, sentí lastima por esa cosa.
Volví a prestar atención al oficial que hablaba orgulloso de lo que suponía tener algo como esto.
–Nos pone a la cabeza del mundo. Ningún enemigo tendrá ninguna posibilidad. Sueltas uno de estos en el campo de batalla y da al enemigo por vencido...
–Mmm... ¿no? –pregunté, cortando su monólogo–. ¿Hay más de estas cosas?
–Todavía no. Este es el único ejemplar que ha sobrevivido al proceso. Pero no importa: se multiplican. Un mordisco y pam, ya tienes dos. Otro mordisco... y pam, tres. Es maravilloso.
Yo estaba aterrado y muy sorprendido. ¿Cómo alguien podía hablar de una criatura tan terrible y no estar asustado. Es más, estar contento. Y lo que habían hecho... Me di cuenta de que estaba tratando con un loco.
–¿Se lo imagina? Seres inmortales que se propagan y que no necesitan armas, ni munición, ni alimentos. Un soldado perfecto. Un supersoldado.
Sí, pensé, irónico. Un mundo tomado por ellos. Si se escapaban del control, el mundo estaría perdido.
–¿Alguien más tiene algo parecido? –logré articular.
–Afortunadamente, no –puse cara de sorpresa. Empezó a tutearme–. No pongas esa cara. La verdad es que todos los rumores son falsos. Pero nos interesa que parezca verdad para poder lanzar a la batalla a estas bestias cuando entremos en guerra.
–¿Han estado mintiendo todo este tiempo? ¿Incluso al Gobierno y a la Casa Real?
–Por el bien de la libertad, sí.
–Pero... –algo no me cuadraba– usted me dijo que llegó aquí tras investigar los rumores.

No me contestó, estaba mirando fijamente a la cosa que estaba en el foso, dando vueltas como un tigre en torno a su presa. Pude ver como miraba fijamente al oficial, que parecía ajeno a todo, como si lo reconociera, como si supiera que era el responsable de todo su sufrimiento, de todo su dolor. No mostraba ninguna emoción, se limitaba agitar las cadenas, amenazante.
–Te preguntarás de dónde ha salido, claro. Este es un engendro que no ha podido nacer por sí solo, no es natural. Es eso lo que piensas, ¿verdad? –me miró, pero no esperaba respuesta–. Pues tienes razón. Pero solo en parte –hizo un gesto teatral mientras miraba con algo que me parecía amor, o al menos cariño, a esa cosa y añadió–: este ser es resultado de unos experimentos realizados con personas, enemigos todos ellos, aprovechando los conocimientos adquiridos tras investigar numerosos artefactos incas y mayas. En ellos se encontraron unas bacterias de origen desconocido que, convenientemente tratadas, se convierten en esta maravilla.
Yo ya no podía aguantar más. Salí de la sala y vomité en el suelo. ¿Cómo se podía hacer algo así? Tratar de esta manera a los vivos. Y a los muertos. ¿Y con qué motivo?
El oficial salió detrás de mí con evidente cara de desagrado. Pero continuó su exposición, como si tal cosa.
–Esa bacteria muta al compartir el ADN de diferentes seres. De ahí, los rasgos animales, como las garras, o los colmillos. Para conseguir la agresividad usamos cepas del virus de la rabia. Ingenioso, ¿verdad? Y la capacidad de contagio ha sido una agradable sorpresa. No estaba previsto.
Me miró esperando que dijera algo. Al no contestar, mostró cara de decepción y continuó.
–Pues ya lo sabes todo. Conoces al paciente cero, el virus ER32 y la operación. Como comprenderás, ya no podemos dejarte volver tus obligaciones normales. Serás promocionado y traído aquí. Ahora y para siempre, trabajas para mí.

Y eso es todo. Empecé a trabajar en la nave y a ver a menudo a Adán, como llamaban al paciente cero. Me enteré de que era un espía norcoreano y que fue el único superviviente de treinta y un cobayas que recibieron diferentes versiones del virus. Solo el que recibió él tuvo efecto. La mayoría simplemente murieron. Algunos víctimas de una coagulación de la sangre, otros por fallos orgánicos múltiples y muchos por una extraña patología que licuaba los órganos internos. Me dijeron que Adán había muerto durante el tratamiento pero que, a los pocos minutos, se levantó tal y como estaba ahora. Su despertar pilló desprevenido al operario que fue a retirar el cuerpo. No lo contó. Adán lo lanzó una y otra vez contra la pared hasta que se cansó y se lo comió. Cuando los soldados lograron reducirle, no quedaba nada del pobre infeliz. Solo los huesos.
Otra vez mordió a uno de sus cuidadores que murió y, a los pocos segundos, despertó. Se levantó con los ojos negros y largas uñas. Pero tras unos instantes empezó a retorcerse de dolor y murió con la cara ensangrentada. Se había arrancado la piel a tiras.

El resto es historia. Los «enemigos» se dieron cuenta y decidieron pasar a la acción. Infiltraron a un espía y liberaron a Adán. Mató a miles y convirtió a cientos. El primero de ellos, el propio padre de la criatura. Se cuenta que lo devoró con especial desempeño.
Estos súbditos suyos no podían convertir, pero eran tan fuertes y letales como su «padre». Poco a poco, se extendieron por el país. El Ejército contraatacó lanzando a algunos de los hijos al país responsables de liberarlo. A pesar de no ser puros hicieron mucho daño pues se enviaron centenares de ellos.
En pocos días, España estuvo invadida. En una semana se extendió por Europa. En dos, llegó a América y, en un mes, el mundo entero estuvo lleno de hijos de Adán.

Esta es la verdad. Todo fue culpa del Ejercito por mantener algo tan peligroso y por crearlo. Acabo esta comunicación deseándoles suerte a los que la reciban. El mundo se ha ido al traste y todo por la estupidez de unos pocos. Que Dios se apiade de nuestras almas.



(Fin... ¿O no?

Ángel G Ropero

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El Bunker
Los lunes de 17.30 a 19.00 en Radio Ritmo Getafe y siempre en el podcast.

1 abr 2013

Relato: Paciente Cero (II de III)

Paciente Cero
Parte II


Tras dos años más, ya era oficial. La tardanza con la que fui promocionado me exasperó, pues tenía bien presente esos informes que hablaban de un ataque en tres años. Si era verdad, sólo me quedaba un año por delante para enterarme de lo que pasaba.
Al menos, ya estaba en una posición de oficial, por lo que pude acceder a muchísimos documentos. Más de los que me podía haber imaginado.
Seguí investigando y empecé a encontrar al fin información clara. Leí algunos de los informes que ya conocía, como aquél que he citado arriba, sin censurar. Me sorprendí al ver que prácticamente no decía nada más. Era un simple informe preliminar y remitía a otras comunicaciones e informes posteriores.
Pero poco a poco, seguí adentrándome y, como decía, encontré información. Al fin se hablaba de un enemigo concreto. Los últimos países comunistas aliados con el mundo árabe. Pero decir eso era como, en los años de la Guerra Fría, hablar de la URSS. No era más que un enemigo mítico, poco real y que era el responsable de todos los males del mundo. Pero no. Lo repetían tanto y tan seguros que parecía real. Estaban tan convencidos de lo que afirmaban que no daba la sensación de que fuera propaganda.
También seguían hablando de que estallaría un conflicto pronto, que solo hacía falta un detonante. Algo tonto, poco importante, pero muy simbólico. Como en los peores años de la Guerra Fría, bastaba solo un paso en falso para que empezara una guerra como ninguna otra.
Una y otra vez aseguraban que la guerra sería diferente a cualquier otra, pero el cómo seguía fuera de mi alcance. En algunas ocasiones, creía entender algo sobre la temida guerra bacteriológica. Pero cuando parecía que lo iban a decir se limitaban a mencionar «eso». ¿Pero qué era «eso»?

Dejé de comer. Me pasaba los días en el archivo, recuperando trozos de información y analizando de arriba a bajo ciertos textos. Primero creí ver una clave en dos o tres informes. Luego en diez de ellos. Al final, todos ellos tenían textos en clave y códigos cifrados.
Tras varios meses buscando y varias visitas a la enfermería, pues mis días sin comer me estaban pasando factura, ya no sabía si había o no una clave, si era todo producto de mi enferma mente o todos conspiraban para que yo no supiera nada. Me desmayé varias veces, perdí 20 kilos y se me cayó el pelo. No me quedaban amigos, a todos los desprecié y me encerré en mi mundo de documentos secretos.
Finalmente, tras una visita especialmente larga a la enfermería, alguien se puso en contacto conmigo. Había hecho mucho ruido, o eso parecía, pues alguien fue a verme y me dejó una nota en la mano. Al despertar la vi, aun recuerdo el mensaje, lo tengo grabado aunque no decía nada. Solo: 6.05 Cocinas. Lo leí varias veces, para demostrarme a mí mismo que era real, que no era un espejismo.
Al día siguiente me presenté en la cocina, cinco minutos antes de la hora prevista. Di un paseo por si veía algo y saludé a los pinches y cocineros. No había nadie sospechoso. Me senté en una mesa y esperé. Esperé durante 30 minutos y al final nadie apareció.
Enfadado conmigo mismo por haberme dejado engañar me marché. Salí casi empujando a un suboficial que entraba. No me disculpé y salí corriendo para volver a mis archivos.
Llegué a mi despacho y me quité la chaqueta. Pero antes de hacer eso, llevé la mano a mis bolsillos, guiado por una especie de presentimiento. Allí encontré otro papel, arrugado, como el que había en mi mano cuando desperté. Debía habérmelo metido aquél tipo. Leí lo que ponía y casi me da un vuelco.
Salí corriendo otra vez hacia las cocinas, pero allí no había nadie. El supuesto suboficial se había marchado ya y nadie recordaba haber visto a nadie más que a mí entrar allí esa mañana. Les grité que eran estúpidos por no haber visto a la persona que se había chocado conmigo y salí de allí furioso.
En medio del cuartel me quedé parado y volví a leer la nota:
Está a punto de suceder algo. ¿Quieres enterarte? Volveremos a contactar contigo.
Dos líneas que confirmaban lo que yo ya sabía. Se preparaba algo gordo y solo unos pocos lo sabían. Mis investigaciones habían provocado que la gente que estaba enterada se me presentara.
Pero ¿para qué? Me asusté. Quizás querían mantenerme quieto e iban a matarme. O quizás me reclutaban. No sabía qué pensar y esa noche no pude dormir. Tampoco las siguientes y volví a perder peso. Eso sí, dejé de leer archivos y documentos, pues pensaba que pronto tendría respuestas y que era perder el tiempo seguir leyendo los mismos textos que ya había memorizado. Sin embargo, no hacía nada. Me dedicaba a pensar una y otra vez en cuándo se pondrían en contacto conmigo y qué me harían cuando supiera lo que fuera.

Tras varios meses sin ningún contacto, volví a recibir un mensaje de la forma más casual. Estaba en mi despacho, realizando informes, pues había vuelto a mis obligaciones, y entró un secretario con una bandeja de comida. Me sorprendí, pues yo no había pedido nada, pero no me quiso decir nada y solo me respondía con silencio a todas mis preguntas. Al final le di las gracias y le dejé marchar. Cuando cerró la puerta tras él, me levanté de mi mesa y puse el pestillo. No sabía porqué, pero suponía que tanto secretismo tenía que ver con el tema que me llevaba obsesionando todos estos años.
Entre la comida encontré una nota donde volvían a citarme. Esta vez a las 00.04 en la puerta del cuartel. Me asusté aun más si cabe por el hecho de que quisieran verme fuera a esas horas de la noche. ¿Me iban a fusilar?
En fin, daba igual. Si moría que así fuera, pero yo tenía que saber qué estaba pasando.

Esa noche me escabullí y llegué allí a las 00.00. Salí y allí esperé. A los pocos minutos noté una pistola que me presionaba la espalda. Ya está, pensé.
Cerré los ojos, esperando lo peor. Pero en vez de dispararme, la persona de mi espalda me dijo:
–Te voy a poner una venda. El lugar al que vamos es mucho más que secreto.
Antes de que pudiera decir una palabra me taparon los ojos y me empujaron. Empecé a caminar y me llevaron hasta un coche donde, con cierto cuidado, me hicieron entrar.
Tras unos minutos de viaje, la mitad de ellos para despistarme, pensé, paramos. Me sacaron del coche con mayor brusquedad que al principio y me empujaron hacia lo que debía ser un edificio o nave. Solo sé que dejé de oír los ruidos típicos de la noche, como los grillos.
Una vez dentro me retiraron la venda y, poco a poco, me acostumbré a la poca luz que había. Pude ver a mi alrededor a varios miembros del Ejército a los que no conocía, pero los había de todos los rangos. Estaba en una sala pequeña y varias personas estaban alrededor de una mesa con mapas. Yo me encontraba en la pared, al lado de una puerta por la que, presumiblemente, habría entrado. Al otro lado de la sala había otra puerta, con dos soldados a cada lado de ella. No sé por qué pero me imaginé que allí había algo importante. Y también terrible. La puerta despedía un aura extraña y se veía incómodos a los soldados que la guardaban, como si prefirieran pasarse la vida cortando uñas a permanecer allí más de cinco minutos. Todos los que pasaban cerca también lo hacían incómodos.

Tras unos minutos esperando, el oficial de mayor rango se giró hacia mi y murmuró algo a los que estaban a su alrededor. Todo el mundo salió, salvo los de la puerta y un par de personas más. Esperó pacientemente a que saliera todo el mundo y al final habló.
Cuando lo hizo, su voz pareció llenar toda la sala. Hablaba con la autoridad que confiere la experiencia.
–Por fin nos conocemos. –Fui a decir algo, pero me cortó antes de empezar–. No se preocupe, sé que tendrá muchas preguntas, pero ya llegaremos a eso.
Durante unos minutos se presentó (omito su nombre, porque ya hace años que murió y no serviría de nada a nadie), presentó su equipo y me contó como, al igual que yo, empezó a investigar los rumores hace muchos años, una década antes de que yo llegara siquiera al Ejército. Al tener una posición mejor había creado un equipo. Muchos de los informes que yo había leído habían salido de ahí y otros eran refritos de lo que salía de verdad.
Me confirmó que el enemigo tenía unas armas inimaginables hasta la fecha y que no se parecía a nada que se hubiera hecho nunca.
–El enemigo, sí –hizo una pausa–. Se preguntará quién es, claro –hice un gesto afirmativo con la cabeza, invitándole a continuar–. El enemigo es el que usted se imagina –asentí, cabizbajo–. Pero no se preocupe, hemos empezado a buscar una manera de combatirle en su mismo terreno –dijo sonriendo.
Se acercó a mí con un brazo extendido y me agarró suavemente el brazo.
–Venga conmigo: le voy a mostrar la joya de la corona. El arma que nos pone al mismo nivel que los enemigos.
Me guió hacia la otra puerta. Según nos acercábamos mayor era mi rechazo hacia lo que había detrás. Las muecas de los guardianes no ayudaban. Pero no podía hacer nada así que abrió la puerta donde vi lo más horrible que había visto nunca.

(Continuará en la tercera, y última, parte)


Ángel G Ropero
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El Bunker
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24 mar 2013

Relato: Paciente Cero (I de III)


Paciente Cero
Parte I


No importa mi nombre ni mi posición. Solo importa lo que voy a contar, que es de vital importancia que todo el mundo sepa. No sé si servirá de algo, pero al menos podré vivir mis últimos días con la conciencia limpia.

Yo formaba parte del Ejército español. Uno más de todos aquellos jóvenes que nos alistamos por las oportunidades que daba. Cuántas mentiras. ¿Quién iba a saber que habría una guerra de verdad? Y una guerra como esta.
Entré pronto en el Ejército, con 18 años, y empecé a ascender rápidamente por mi dedicación y disciplina ejemplares. No es por echarme flores, simplemente me encontraba allí como pez en el agua. No me costaba ningún esfuerzo ni las tácticas ni mucho menos obedecer órdenes. Tras dos o tres años, ya era suboficial y pronto subiría más.

Cuando empecé a moverme por los mismos lugares que otros suboficiales, descubrí dos cosas. Primero, que el Ejército no era tan bonito como decía. No había ni tanto amor por la Patria, ni tanta gente fuerte y valiente.
Además, me enteré que los servicios de inteligencia de la OTAN habían descubierto algo. Nadie sabía nada concreto, simplemente se oía hablar de que algo se estaba moviendo. Tambores de guerra decían, pero nada más. Ni quién, ni cuándo iba a estallar. Tampoco se sabía el motivo. Pero sí el cómo.
Esos rumores se extendieron poco a poco a todos los niveles del Ejército. Desde el último soldado al último oficial, todos habían escuchado diferentes versiones. Todas ellas absurdas. Se hablaban de armas de ciencia ficción, de magia, de animales y bestias modificadas genéticamente...
Los superiores trataban de acallar estos rumores, calificándolos de patrañas y cuentos de viejas. Pero se veía en su mirada que a ellos les preocupaba, como a todos los soldados, lo que pudiera estar pasando.

Yo empecé a obsesionarme con la idea de saber más y eso me provocó más de un problema y alguna cruz en mi historial. Mis jefes directos me decían que me concentrara, que tenía un brillante futuro en el Ejército y que dejara de pensar en esas historias. Yo lo intentaba, de verdad que lo hacía, pero era imposible. Algo dentro me empujaba a buscar más y más.
Y afortunadamente fui encontrando más y más información, aunque no sabía qué valía y qué era simple basura. No me importaba, solo estaba acumulando información y destacando aquello que parecía más legítimo.
Gracias a mi posición, hice contactos y pude acercarme a las fuentes más directas de la información. A través de informes descarté los rumores y las versiones más rocambolescas. Ni armas nucleares, ni láser, ni nada que ver con animales modificados genéticamente, ni mucho menos magia. Pero tampoco decían cual era la verdad. Se negaban la mayoría de los rumores y se pasaba tímidamente por el tema principal. Como si tuvieran miedo de que la información cayera en malas manos.
Recuerdo todavía el párrafo final de uno de los informes que leí al comenzar mi investigación. No decía absolutamente nada y algunas partes estaban borradas. Pero lo curioso era ese cierre:

...Por temor a que los enemigos del país y los posibles curiosos, me veo en la obligación de no poner por escrito la terrible verdad a la que hemos tenido acceso (…). Como usted bien sabe, se prepara algo en el Mundo (…). Cuando pase, nada será igual (…). Quizás no me crea, pero esta información es totalmente verdadera. Confirmada con diferentes agentes a lo largo del Globo...

Realmente no decía nada, pero esa frase (quizás no me crea), me hizo darle muchas vueltas a la cabeza. ¿Qué podía decirle a esta persona que fuera tan increíble, pero que la persona que lo escribió estuviera tan convencido de que era verdad?

Poco a poco fui recuperando las pocas pinceladas de información que había y atando cabos. Estaba claro que sí, que un enemigo del mundo libre preparaba un ataque y lo haría como muy tarde en los próximos tres años. Otras fuentes hablaban de cinco, seis e incluso diez años. Ese ataque sería con armas de destrucción masiva nunca vistas. Armas que no provocarían daños materiales, pero que acabarían con el mundo tal y como lo conocemos.
Tras leer centenares de informes llegué a una conclusión: nadie sabía realmente nada y los únicos informes que parecían saber lo que pasaba estaban censurados y no estaban a mi alcance.
Me propuse esforzarme el doble en mi carrera para poder acceder a esa información vedada. Mis esfuerzos fueron recompensados con cartas de recomendación de mis superiores que me felicitaron por el giro que había dado. Al fin, decían, me había olvidado de leyendas y rumores y volvía a ser ese soldado que entró con ganas de comerse el mundo. Yo sonreía con las palmaditas en la espalda, pero por dentro no podía más que seguir pensando en esas historias y en seguir ascendiendo para descubrir la verdad.
Ojalá nunca lo hubiera hecho.  

(Continuará...)


Ángel G Ropero

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El Bunker
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10 nov 2012

Relato: La Caja

- La Caja - 
Un día apareció en mi casa. Era una caja negra y bastante espeluznante en la que no se veían ni marcas, ni etiquetas con la dirección.
Ningún vecino vio llegar al repartidor ni a nadie que dejara el paquete en la puerta. Lo primero que pensé fue que era la broma de algún niño travieso como había ocurrido en alguna otra ocasión. Pero había algo raro con esa caja. Desprendía una energía extraña, oscura. Cuando la miraba, me sentía mal, deseaba dejarlo todo, rendirme. Era horrible.

La caja era negra con vetas grises y parecía maciza. No tenía marcas ni rendijas para abrirla. A pesar de su aspecto era sorprendentemente ligera; casi me caigo al calcular mal la fuerza para levantarla. Era como si estuviera hueca. Y estaba vacía: al agitarla, nada se movía en su interior. Cuando la levanté, me quemaron las manos. Menos mal que llevaba guantes, pero aun así, sentí el calor.

No estoy muy seguro qué me llevó a meterla en casa. Supongo que fue curiosidad científica: quería analizarla con más detenimiento. Mi curiosidad y mentalidad científica chocaba con el resto de mi ser, que me decía que debía deshacerme de la caja, destruirla, abandonarla donde no pudiera sentir su perniciosa energía.

Huelga decir que no la había abierto. A mí siempre me ha emocionado recibir paquetes y al verlo por primera vez estaba deseando desenvolverlo para conocer su contenido. Pero al echarle un vistazo más detenido, ya en la salita, me negué a tocarlo otra vez. Todas las células de mi cuerpo chillaban y tiraban del brazo que había acercado a la caja. Me sentía tan mal cerca de ella, tenía tantas ganas de acabar con todo, que dejé que vencieran a mi parte científica. Ni siquiera la Ciencia merecía que sufriera tanto.

Al final, la dejé en una salita, donde apenas pasaba tiempo, salvo para recoger algún libro o prenda. No quería estar cerca de ella pues cuanto más tiempo estaba en su presencia, peor me sentía. Había abandonado la idea de analizarla. Esa caja era siniestra. La odiaba.
Y olvidé la caja. Se quedó sobre la pequeña mesa de la salita y me olvidé de su existencia. Volví a mis tareas y deberes. Respondí e-mails, llamadas de teléfono, algún que otro whatsapp... Y cuando llegó la hora, me marché al trabajo.

Volví a ver la caja cuando regresé al día siguiente. Pero antes de que eso ocurriera, comí, lavé los platos y realicé mis muchas otras tareas domésticas. Cuando al fin tuve tiempo para mí, fui a la salita a buscar un libro, algo con lo que estar ocupado el resto del día. Al llegar, ¡la caja había desaparecido!
En realidad no me di cuenta en ese momento de que no estaba. Como decía, había desaparecido completamente de mi mente, no quedaba ningún recuerdo de ella. Sólo tenía la ligera sensación de que había algo diferente en esa habitación.
Cogí el libro y me marché a mi habitación. Al encender la luz, me llevé el mayor susto de mi vida. ¡La caja estaba en mi cama! ¿Cómo podía haber llegado sola hasta allí? Vivía solo y nadie entraba para nada en mi casa.

De golpe, todos los recuerdos del día anterior volvieron a mi y con ellos el terror a esa caja y todos los malos recuerdos que tuve alguna vez. La angustia llegó a mi como una ola y me dejó temblando. Estaba aterrado y triste a la vez.
Como las otras veces, la caja desprendía una energía oscura que me hacía querer acabar con todo. Poner una bala en mi cerebro, acabar con este sufrimiento que es la vida, ese valle de lágrimas al que estamos destinados.
'No hay esperanza' esas palabras resonaban en mi cabeza, provenientes, parecía, de la caja. Con ellas, también recibí una promesa en forma de imágenes mentales. Si tocaba la caja, entendí del torrente de imágenes que me llegaban, todo acabaría, volvería a estar bien, descansaría.
Me acerqué como una exhalación a la caja y, aunque todo mi cuerpo intentaba evitarlo, levanté el brazo para tocarla. En el momento en que mi dedo rozó su superficie noté un intenso dolor en todo mi brazo y mi mano se quedó pegada. El dolor se extendió hasta mi columna y grité.
Después de lo que fue un largo minuto, caí al suelo y mi dedo se separó de la caja. Temblaba y me dolía todo el cuerpo, como si hubiera corrido durante horas.

Me pude levantar y vi en el espejo algo raro en mi mano. Me acerqué la mano a la cara y la vi completamente negra. Era muy extraño. Probé a tocarla con la otra mano y estaba fría. Por el contrario, en la mano negra no sentía nada en absoluto. La pellizqué, la mordí y la golpeé pero nada lograba atravesar esa extraña coraza.
De pronto, vi como la mancha negra se extendía hacia la muñeca. Al principio me pareció un efecto óptico pero tomó velocidad y vi cómo se iba ennegreciéndome el codo, el antebrazo... Me arranqué la camisa y pude ver que llegaba a mi hombro.
En un minuto toda la parte superior de mi cuerpo era negra, a excepción de mi cuello y mi cabeza. En dos minutos, tapaba todo mi cuerpo salvo la cara. En cinco, ya estoy pintado completamente.

Llevo más de 10 minutos así y no sé que va a pasar...


Mi amigo Isaac me ha mandado esta carta y no se porqué. Ha muerto en extrañas circunstancias y ni médicos ni forenses han podido averiguar nada. Reconozco su letra pero la fecha de envío es del día siguiente a su fallecimiento. ¡Es completamente imposible!
Eso no es todo. ¿Por qué iba Isaac a enviarme una caja negra si sabía que era peligrosa? Sí, he recibido la caja. Y he sentido todo lo que él explica en su carta. Estoy muy asustado porque nada más ver la caja y la carta encima la cogí con las manos desnudas. Creo que estoy muriendo.

Ángel G Ropero
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El Bunker
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31 oct 2012

Relato: Los horrores de la noche de difuntos


Los horrores de la noche de difuntos

Calabaza
La niebla se arremolina entre sus pies mientras pasea por el pueblo. La penetrante oscuridad parece tomar forma física, como un muro entre él y su destino.

A un lado y a otro de la calle puede ver engendros y demonios, que corretean sin hacerle nada, pues va protegido... Pero no todos se alejan sin fijarse en él... Uno, cuya cabeza tiene forma de calabaza, los ojos rojos y una sonrisa diabólica, le mira fijamente, acercándose...

- ¡Truco o trato! - oye a su espalda y da un salto...

Despierta de su ensoñación y sonríe al jovencito que le ha golpeado en la espalda.

- ¡¡Truco o trato!! - repite, indignado, por la demora.

Solícito, mete la mano en el bolsillo y encuentra un dulce para el chico. Pero cuando saca la mano, grita salvajemente y deja caer lo que ha cogido. También tira al suelo todo el contenido de sus bolsillos y huye, como si le persiguieran mil demonios...

El niño, sorprendido empieza a coger todas las chucherías y monedas que ese hombre tan raro ha dejado.


Tras unos minutos de carrera, la oscuridad se vuelve más densa y la niebla más espesa. Saca de su bolsillo interior un bote y traga varias pastillas. Está cada vez más nervioso y encima está perdido. En ese momento, descubre un punto de luz dando vueltas a su alrededor y avanzando cada vez más. Le está pidiendo que le siga.

Esa luz le guía entre los árboles durante varios cientos de metros. Tras una buena caminata, llega a una lúgubre cabaña de madera. La luz desaparece y él se queda quieto, pensando qué hacer.

Como si fuera una respuesta a sus pensamientos, la puerta se abre, chirriando y, de nuevo, ve esa pequeña luz, esta vez desde el interior.

Entra en la cabaña y la puerta se cierra a su paso. Siente un escalofrío recorriendo su espalda. Durante unos segundos interminables, permanece en una absoluta oscuridad. Y luego, con un una palmada, se encienden todas las luces, mostrando una gran habitación, demasiado grande para esa casita.

Del techo y las paredes cuelgan telarañas. En una esquina, ve muchos libros viejos y mohosos, algunos abiertos y tirados por el suelo. Y pocos muebles, unas sillas, una mesa... Tardó un poco en darse cuenta de que no se veía la fuente de luz. Parpadea varias veces y, se fija en algo que antes no parecía estar ahí.


Una mujer, vestida de negro, baja por una escalera de caracol. Parece muy mayor, aunque esa percepción, cambia en el momento en que se acerca, pues su cara es joven, sin una sola arruga, con unos bonitos ojos azules.

- Hola... -parece gruñir. Tose y continua, ya con una voz más suave y melodiosa: - Hola, joven viajero. Bienvenido a mi humilde morada. Como verás, tengo todo lo que puedas necesitar para poder descansar y relajarte.

Él mira a todos lados y aunque lo de 'humilde' le venía como un guante a la casa, pequeña, toda de madera y con cuatro sillas y un catre en el suelo,... no veía cómo podía descansar ahí.

- ¿Por qué te burlas de mí? - se encaró con la joven. - ¿Acaso piensas que soy estúpido

- Nadie piensa que seas estúpido -dice con una voz suave. - ¿Por qué no te relajas? No tienes que seguir huyendo. -Le acerca un brazo para acariciarle.

- ¡No! - y retrocede hacia la puerta.

Ante sus ojos, la mujer se transforma de nuevo y aparece como realmente es. Una mujer encorvada, vieja y fea con una larga nariz. Él sale corriendo

- ¡Cogedle, que no escape! - grita la bruja.

Siente como unas manos le intentan agarrar y al mirar atrás ve unos seres con largos brazos y tentáculos intentando atraparle. Golpea a uno y consigue llegar a la puerta. Pero al abrirla, más monstruos le cierran el paso. Llora y patalea, pero al fin le atan.


En una habitación acolchada, con su camisa de fuerza, nuestro amigo se balancea, sentado en el suelo.

- Estoy maldito... estoy maldito – balbucea.

- ¿Cómo ha podido escapar? - le pregunta una joven enfermera al doctor.

- Ni idea. Ha debido recibir ayuda de alguien -contesta.

Ellos dos se alejan y la enfermera se vuelve a mirar por la ventana. Su larga nariz choca con el cristal y le guiña un ojo tan negro como el carbón.

- Feliz Halloween...

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El Bunker
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23 oct 2012

Relato: Las cadenas del lobo II (de II)

Las cadenas del lobo II


Era medianoche y volvía a casa por el parque. De repente, sentí que se me erizaba la piel del cuello. Un ruido a mi espalda y una respiración muy fuerte. Comencé a andar más rápido, sin correr, para poner tierra entre el ruido y yo.

Después de una carrera de unos minutos, paré porque ya me sentía a salvo. Estaba cerca de la salida del parque y podía oír los coches circular. Cuando ya pensaba que me había librado, volví a oír ese ruido. Esta vez delante y encima, entre las ramas de los árboles.

No me atreví a mirar y salí corriendo. La puerta del parque estaba a tan solo 100 metros...Ahora a 90 metros... A 85 metros... A 70... No llegué.

Un ser, de unos dos metros de alto, me golpeó y me lanzó lejos de la puerta. Choqué contra un árbol que se fracturó. Sentí que el golpe me rompía un par de costillas y escupí sangre. Estaba oscuro así que no pude reconocer a mi atacante. Por su fuerza, debía ser enorme. E inhumano.

Me incorporé como pude y puede ver que se escabullía entre las sombras. Era realmente enorme. Oí un aullido tremendo y cerré los ojos, rezando. No podía decidir si quería morir rápido o que alguien me salvase. Solo quería que todo acabara.

Pude ver la puerta del parque y me lancé en esa dirección. Tropecé con un árbol y caí sobre mi móvil, destrozándolo. 'Estupendo' pensé, maldiciendo en todas las lenguas que conocía. Pude oír como ese monstruo me volvía a perseguir. Seguí corriendo hasta que me volvió a emboscar.

Me puse de rodillas y supliqué. Mi vejiga se vació. Se acercó a mí y llevó su boca a la altura de mi cara. El intenso y repugnante olor de su aliento me dio arcadas. Era una mezcla de basura, carne cruda...Abrió su boca y mostró sus colmillos.

Un dolor tremendo recorrió todo mi cuerpo. La sangre caía en cascada por mi cuello. Esa criatura peluda huyó y yo caí desmayado. Mi último pensamiento: 'no quiero morir'.


Me desperté sudando en mi cama. Con las sabanas desgarradas y sin un rasguño. Era muy raro.

De nuevo volví al presente. El lobo de mi espejo me hizo un gesto hacia la ventana. La nube se estaba separando de la Luna. Me iba volver a transformar.

Cuando los primeros rayos de Luna tocaron mi cuerpo sentí un intenso dolor, mi cuerpo se arqueó y se estiró mi piel. Me llevé las manos a la cabeza mientras mis uñas crecían. Las clavé en el cuello, para que cesara el dolor. Rasgué mi piel y gotas de sangre cayeron sobre el suelo.

Mientras, mis piernas se doblaron por las corvas hacia atrás y empezó a salir pelo de todo mi cuerpo. El crecimiento del pelo hacía que me picara toda la piel y me arañaba, queriendo acabar con esa horrible sensación

Mis boca se hizo más alargada y surgieron un montón de colmillos. Mis orejas se desplazaron muy dolorosamente a lo alto de mi cabeza y se hicieron puntiagudas. Las nariz se hizo más pequeña y mis dedos se arquearon y se convirtieron en garras.
Me di la vuelta y corrí hacia la ventana... Salté y el cristal estalló a mi alrededor, creando una lluvia de cristalitos. Llegué al otro edificio y escalé. Hasta la cima.

Allí, encima de la torre, como si fuese la más alta montaña, aullé. Perdí mis últimos rastros de humanidad y aullé. Aullé por la tristeza de mi maldición. Aullé por rabia. Aullé a la Luna.

Ángel G Ropero
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18 oct 2012

Relato: Al final de la escalera III (de III)


Al final de la escalera
-III-


Bajé los dos siguientes tramos de escalera casi corriendo, pero siempre mirando a mi espalda, por si se movía el cuerpo.
Afortunadamente no vi nada salvo, como en el anterior rellano, mucha sangre y restos de vísceras removidas. Como arriba, había que moverse despacio para no acabar en el suelo.

Finalmente, llegué al portal donde me esperaba una sorpresa. Esperanzada, vi entrar un chorro de luz por la ventana rota de la puerta. Por primera vez en dos días sonreí. Era libre. Podía ir a donde quisiera.
Mi error fue relajarme, pues bajé la guardia y ese pudo ser mi último error.
Caminé hacia la puerta sin ni siquiera fijarme en lo que había a mi alrededor en el portal. Cuando alargué mi mano para tirar del pomo y salir a la luz del día, un crujido a mis espaldas me hizo temblar desde la punta de los pies hasta el último pelo de mi cabeza. Ese crujido iba acompañado de un gemido que crecía en intensidad.

Me di la vuelta lentamente y pude ver un caminante que me resultaba conocido. Le faltaba medio cuerpo donde había quedado atrapado con la puerta. Tenía media cara desprovista de carne y solo le quedaba un brazo. El otro, había quedado colgando de la barandilla. Cojeaba para andar y alargaba su único brazo hacia mí.
Ahogué un grito de terror que habría alertado al resto de no muertos de la zona y, como pude, levanté el bate de béisbol.
Sin mirar, bateé y note varias cosas a la vez. En primer lugar, una resistencia casi mínima al movimiento del bate. Me pareció al principio que había fallado, pero un sonido que era una mezcla de crujido de huesos y de una masa gelatinosa al escurrirse, me cercioraron de lo contrario.
En segundo lugar, noté un tirón de mi jersey que se desgarró bajo la presión a la que era sometido.
En último lugar, oí como un cuerpo caía al suelo entre más crujido de huesos.

Me atreví a abrir los ojos y lo que vi me dejó asombrada. El caminante estaba tirado en el suelo, sin cabeza, y en una postura que habría resultado cómica de no ser tan horrible la situación.
No me explicaba que había pasado. Mi fuerza era mínima y estaba demasiado asustada para poder concentrarme en dar un buen golpe. Solo con el tiempo comprendí que el estado del no muerto era tan lamentable, que una pequeña presión fue suficiente para acabar con él.
En ese momento, no podía pensar. Solo pude retroceder y correr.

Y desde entonces no he parado de correr.

Y así, continuó mi viaje. Siempre hacia el amanecer.


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16 oct 2012

Relato: Las cadenas del lobo I (de II)



Las cadenas del lobo
Un dolor tremendo recorrió todo mi cuerpo. La sangre caía en cascada por mi cuello. Esa criatura peluda huyó y yo caí desmayado. Mi último pensamiento fue 'no quiero morir'.

Me desperté a la mañana siguiente entumecido y sin poder recordar nada de lo que había pasado la noche anterior. Entré en el baño para lavarme. Levanté la mirada del lavabo y vi algo en el espejo. Un destello. Una ilusión que se esfumó en medio segundo. Lo achaqué al sueño pero el resto del día ya no estuve tranquilo.

Mi día comenzó como cualquier otra aburrida jornada de oficina. Además, sentía en los huesos que no iba a ser el mejor día de trabajo. Esa sensación fue acrecentando según veía ir y venir a mi superior del despacho del jefe.
No era el único que lo sentía. La atmósfera de tensión era palpable en toda la oficina. La expresión 'se avecina un marrón' era la más repetida y todos temían ser los elegidos. Yo ya sabía que era mi día. Si no hubiera tenido suficiente con una estresante semana con el tema de mi familia, la carta del banco... Y encima ese dolor continuo en todo el cuerpo...

Y la tormenta llegó. Y claro, el trabajo extra me tocó a mí. Me tocaría quedarme toda la noche en la oficina. 'Pero no te preocupes, tú ascenso está asegurado. Solo un esfuerzo más'. Esas palabras entraban y salían de mi cabeza como un murmullo ininteligible, mientras se me iba la cabeza.
En mi mente, aparecieron terribles imágenes que resultaban de lo más apetecibles. Un lobo dando dentelladas, lanzándose sobre su cara, destrozando su sonrisa hipócrita. El lobo aplastándole contra el suelo, mordiendo su carne y relamiéndome satisfecho, con el estómago lleno de carne fresca.

Me desperté aturdido y vi que estaba en un sofá. ¿Qué ha pasado? Solo recordaba haber hablado con mi superior. En el espejo de la sala de descanso apareció y desapareció algo en medio segundo. Entró la secretaria con cara preocupada, y me ofreció un café. Justo lo que necesito grité, sin saber muy bien porqué y la pobre muchacha salió enojada y lanzando maldiciones.

A continuación entró mi superior, lleno de vendajes, seguido de mi jefe y de un par de personas que no conocía. Olían, literalmente, a abogados y eso no me hizo ninguna gracia. Gruñí en mi interior. Me levanté del sofá de un salto, más rápido de lo que esperaba, y los cuatro hombres retrocedieron. Me llevé la mano a la cabeza y me sentí desfallecer. La rabia se acumulaba en mi cuerpo.

Los hombres empezaron a decir cosas que no entendía. Agresión, denuncia se repetían mucho y conseguían penetrar en mi mente, pero no las relacionaba con nada real, nada conocido. Luego otras palabras que me sonaron peor: cárcel, celda... Mi mente las relacionaba con cadenas, esclavitud... En mi cabeza, volví a ver a ese lobo, rabioso, queriendo despedazar, destruir...

Pude sacar esas imágenes y enfocar a las personas que tenía delante. Se reían, y alzaban sus cadenas y sus lanzas, moviéndolas en frente de mí, queriendo cazarme. Me negaba a dejarles, mordería y mataría por escapar.

Mientras una pequeña parte de mí le decía al que controlaba mi mente que no estaba bien, que las lanzas solo eran bolígrafos y que las cadenas no eran más que gomas. Pero mi lobo interior, enorme, oscuro y de ojos rojos, se puso a perseguir a ese pequeño impulso racional hasta que lo hizo esconderse, en lo más recóndito de mi subconsciente. La bestia sabía donde estaba, pero no le persiguió. A saber porqué. Le resultaría divertido, como un perro detrás de un palo.

Volví a la sala de descanso y lo primero que vi me causó primero una gran excitación y luego una gran sorpresa. Las paredes estaban llenas de sangre. No vi a ninguno de los cuatro hombres. Me mire las manos y las uñas, muy largas, tenían también sangre.
En el espejo me vi a mi mismo. El pelo largo cubriendo todo mi cuerpo y la ropa desgarrada. Mucha sangre chorreaba de mi quijada.
Y vi algo más. En el espejo se reflejaba a través de la ventana, un disco blanco. Sentí ganas de gritar, de lanzar mi ira al cielo y ese disco.

La habitación se oscureció. De repente todo giraba. Y caí al suelo. Me levanté como pude, envuelto en sudor, con los pantalones y la ropa desgarrada... Me miré al espejo y el lobo me guiñó un ojo. Esta vez sí que lo había visto. Se reía de mí y de esa pequeña parte racional que me quedaba. La había dejado salir para volver a jugar al ratón y al gato.

Volví a fijarme en la ventana y vi que la Luna se había ocultada. Como mi raciocinio, parapetada tras una oscura nube. Pronto, la nube se marcharía y volvería a transformarme. Pues no era otra cosa lo que me había pasado sino que me había convertido en... No podía decir las palabras. Me negaba, pues si lo decía sería como si fuera real. El lobo volvió a guiñarme un ojo desde el espejo y recordé lo que pasó anoche.  

Ángel G Ropero
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12 oct 2012

Relato: Al final de la escalera II (de III)

Al final de la escalera 
-II-


Afortunadamente, había sido previsora. Tras los primeros rumores y noticias confusas, comprendí que algo gordo estaba pasando. No sabía el qué y nunca habría jurado que podría hacerse realidad algo como una epidemia zombie. Pero estaba claro, que las cosas no iban bien. Por eso, estaba preparada.
Cogí mi mochila donde llevaba todo lo necesario para una larga temporada fuera. No era una mochila grande pero era manejable. Cogí las cuerdas que había preparado. Afortunadamente, mi ex era escalador y se las dejó allí hacía demasiado tiempo. Nunca las tiré. Menos mal.
Con unas sabanas conseguí fabricar una escala que me permitiera bajar por las escaleras. No era mucho pero me valía para salir de mi atalaya, que se había convertido más en una cárcel que en un refugio.
Antes de salir, cogí un bate de béisbol.

Abrí la puerta con mucho cuidado y salí sigilosamente. El rellano, claro, estaba vacío y eso me reconfortó. Aunque me sorprendió el hecho de que la luz estuviera apagada. Tras varios intentos infructuosos razoné que los caminantes habrían destrozado el panel eléctrico.
Me asomé a las otras plantas pero no se veía nada así que decidí agacharme y escuchar para evitar sorpresas desagradables. Aguanté la respiración mientras yacía en el borde de las escaleras y, aunque no pude escuchar nada, no me atreví a salir.
Finalmente, me convencí a mi misma. Si no era ahora, no sería nunca. Así que solté las sabanas y vi, con alegría, que llegaban de sobra hasta la siguiente planta. Mi idea era avanzar poco a poco, asegurando cada rellano, para no tener sorpresas. Como no tenía tiempo, no entraría en ninguna casa, sólo cerraría todas las puertas y seguiría bajando.

Me descolgué fácilmente por mi improvisada cuerda y comprobé que no había nada. Saqué mi linterna y lo que vi me asqueó profundamente. Las paredes estaban llenas de sangre, el suelo resbalaba con los restos de los zombis. En algunas puertas vi manchas en forma de manos, como si las hubieran restregado de arriba abajo... Era desolador y repugnante.
Sacudí la cabeza para evitar todas las ideas que se me agolpaban y me puse manos a la obra. Comprobé bien las puertas: estaban cerradas. Así que me dirigí hacia el siguiente tramo de escaleras.
Un ruido venido de abajo me hizo recular. También mi valor reculó pues hasta el momento no había pensado en la idea que un caminante me persiguiera hasta el tramo de escaleras que había roto... ¿Cómo subiría si se diera el caso? Empecé a temblar y a poco, se me cae la linterna, lo que habría provocado un gran estruendo.
Conseguí reponerme y la sujeté con firmeza. Tenía que salir de ahí. Realicé una segunda pasada con la linterna y respiré bien fuerte.

Bajé muy rápido al segundo tramo de escaleras. Pero al llegar me llevé una desagradable sorpresa. Una puerta abierta y algo, un cuerpo, atascándola. No podría cerrarla y sería un peligro dejarla entornada como estaba.
La posibilidad de empujar el cuerpo me resultaba harto desagradable. Pero no veía otra solución, esa puerta no se podía quedar abierta. Sobre todo, después de haber oído ese ruido.
Me acerqué con cautela al cadáver blandiendo mi bate pues no descartaba la posibilidad de que se moviera. El suelo de madera crujió bajo mis pies y me paré, aguantando la respiración. ¿Había oído algún ruido como respuesta? Di varios pasos más y me encontré junto al cuerpo putrefacto de un joven.
También pude ver que estaba atascado de alguna forma a la puerta. No podría moverlo ni cerrar la puerta pues se habían unido. Lo comprobé intentando tirar de la puerta para cerrarla. Tampoco me fue posible empujarla ni un milímetro.
Aunque no me hacía gracia, tuve que empezar a bajar sin cerrar esa puerta. A partir de ese momento mis nervios estuvieron a flor de piel hasta que logré salir del edificio.


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4 oct 2012

Relato: Al final de la escalera I (de III)

Al final de la escalera

-I-



Tuve que dejar mi casa porque estaba asediada por los zombis. Gracias a que había poca gente por mi zona, la densidad de la infección fue menor.
No obstante, mi edificio no era seguro debido a un brote que surgió rápidamente. La razón de esto fue un perro, contagiado pero no convertido, que se coló en la casa y en el corazón de una adorable ancianita.
La pobre mujer llevó a unas amigas a su salón de té, para jugar a las cartas y hablar y, como estaba destinado a ocurrir, el desastre llegó.

El perro mordió a una de las pobres señoras y rápidamente todas ellas estuvieron convertidas y caminando por el edificio, causando estragos a su paso. ¿Quien iba a desconfiar de unas ancianitas? Todo el mundo corría a ayudarlas porque pensaban que estaban enfermas. Y enfermas estaban.... En menos de dos días, todo el edificio estaba infectado.

Yo tuve la suerte de no verme involucrada en estos eventos ya que lo vi venir con mucho tiempo. Cerré bien mi puerta y destrocé las escaleras de madera para evitar que subieran a mi ático.
Me aislé físicamente, pero no pude aislar mis sentidos. Tuve que oír cómo los caminantes arrasaban con todo y mataban, planta por planta, a todos los vecinos. Oía los gritos de dolor y desesperación de las madres siendo atacadas por sus hijos, de los jóvenes atacados por sus novias y los maridos que veían venir a sus esposas con los ojos inyectados en sangre y las bocas palpitantes, deseosas de su carne...
No resultaba agradable como podréis imaginar y estuve a punto de volverme loca. No podía poner musica porque ellos me oirían. Taparme la cabeza con la la almohada, no surtía ningún efecto. Tampoco, distraerme leyendo... Era imposible dejar de oírlo.
Temí lo peor: desesperar, volverme loca y entregarme a los zombis para evitar más sufrimiento. Pero mi instinto de conservación fue más fuerte que su guerra psicológica, el arma más mortífera de estos depredadores, y pude aguantar.

Al final del segundo día por fin vi un modo de escapar. Fue como un rayo de esperanza, la luz al final del túnel que tan lejos parecía unas horas antes.
Todo empezó con un pequeño ruido. La ventana abierta dejaba oír todo lo que pasaba fuera, que no era mucho. Algún caminante golpeando un cubo, otro pisando un cristal... En ese momento, lo que oí, me dejó perpleja. Una proverbial alarma de un coche empezó a sonar en medio del amanecer.
Huelga decir que lo oyeron todos los no muertos de kilómetros a la redonda, incluyendo los que asediaban mi puerta, pues no había pasado desapercibida, por mucho que me esforcé en ello. Un pequeño descuido y los tenía a todos intentando subir una escalera que no existía...
Sabía de buena tinta que era imposible que llegaran, pero sus gemidos y gritos no ayudaban precisamente a calmar los ánimos. Otra vez, esa sucia guerra psicológica amenazaba con tirar abajo las murallas de mi mente.
Y en el peor momento, como un sonido angelical, llegó a mis oídos -y a los de todos los caminantes- la alarma de un coche, a unas cuantas manzanas de donde me encontraba. En unos segundos, todos los no muertos del barrio salieron corriendo en esa dirección.
Me atreví a asomarme de debajo de mi manta y me acerqué a la ventana abierta. Una marea de monstruos se alejaba en la dirección del sonido. Por un segundo, temí por las vidas de los responsables de que la alarma sonara. Después, pensé, deseé, que hubiera sido culpa de un zombi y que no había nadie en peligro.

Entonces, caí en la cuenta de que no tenía mucho tiempo. Era hora de moverse.


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