ALICIA EN EL PAÍS DE LOS LIBROS
Por Mari José Gomez
Como pequeña editorial al uso, nos
movemos todo el año, día a día, haciendo lo imposible por que las
cuentas cuadren. Algo para lo que necesitamos toda la imaginación
del mundo. Y cuando ese superpoder no nos llega para pagar las
facturas, empezamos a pensar que el autor pide demasiados royalties,
que el distribuidor debería colocar más libros, que no pasaría
nada si el librero le da un garrotazo al lector cuando dice eso de
que “se lo va a pensar”, y que los lectores de verdad (en este
momento de ofuscación “de verdad” significa que compran montones
de libros al mes), cada vez escasean más.
Y antes de lo previsto, como todos
los años, llega la Feria del Libro. Alicia ya ha hecho, o debería
haber hecho, todos sus quehaceres diarios; esos que forman parte de
su existencia más trivial.
Bajo su atenta y esperanzada
mirada, comprueba que todo está en su sitio y que, poco a poco, los
rígidos armazones de hierro van tomando forma de aventura infinita.
Las cajas de cartón van desapareciendo y la novela está a punto de
comenzar. Alicia intenta leer todo lo que está pasando y cruza los
dedos; porque, le guste o no, el mundo real tiene su propio tablero,
que se llama “cuenta de resultados”, en el que todo tiene que
encajar si quiere seguir jugando. Y por algún extraño y misterioso
motivo, Alicia quiere.